Al ver la reacción del mandatario, le tranquilizaron al aclararle que la oficina amenazada por el paquete era en realidad la sede de la OEA en Guáchington, que queda como a dos cuadras de su modesto jacalito. De cualquier forma, el personal de inteligencia le convenció de hacer algo por evitar que el artefacto explotara, ya que la sangre de los representantes de algunos países del Cono Sur podría volar varios metros a la redonda y manchar la ropa que tenía secándose al sol.
La verdad es que no hay gran cosa que agregar: se montó toda una parafernalia de película y se evacuó del edificio al secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, junto con unos “importantes invitados” que se encontraban con él. Cabe señalar, y esto no es broma, que los trabajadores no fueron desalojados, a pesar de sus protestas. Yeah.
En fin, que un análisis superficial fue suficiente para determinar que el paquete no representaba peligro alguno. Chismosos como de costumbre, los servicios de investigación de Cosas Triviales descubrieron que si los rescatistas no revelaron la naturaleza del paquete no fue por razones de seguridad, sino por pena ajena, pues en realidad el bulto inofensivo era un mandatario algo pasado de copas que insistía en narrar sus experiencias durante la inauguración del Mundial en Sudáfrica, y del cual no se quiso revelar su identidad suya de él. Ver para creer...
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