Celebremos, entonces, que hace 100 años los mexicanos más humildes recorrían el país en tren, desafiando la violencia y lo incierto de su destino, sólo en busca de sus ideales y de mejores condiciones de vida.
Ahora, eso ya no pasa...
Eh... no. Bueno, celebremos que los reclamos zapatistas fueron escuchados, y que ahora la vida es más justa en nuestro pintoresco sur. Sin duda, los indígenas y campesinos son respetados, y ya se les paga lo justo por su trabajo.
Es muy gratificante saber que hoy en día la maquinaria institucional del país está tan bien aceitada, que todo reclamo se resuelve incluso en 15 minutos...
Oh, que la... está bien. Vamos a festejar que el norte de haciendas, minas y manufacturas, ya no es el lugar inseguro que era hace 100 años; en efecto, los ideales villistas ahora permean a una sociedad más justa y progresista.
Ahora la vida es segura: sin violencia, ni ejército, ni secuestros, ni crímenes...
Mh, seee. Espero atinarle en esta ocasión: festejemos, pues, que las demandas populares que movilizaron a los mexicanos de todos los rincones del país y que, aunque le duela al pelmazo de Enrique Krauze, debieron cobrar cerca de un millón de víctimas para ser escuchadas, ya no son carranceadas por una bola de señoritos babosos, lelos, conservadores, oportunistas y cuentachiles.
No señores, ahora el destino del país es democrático y no está en manos de unos cuantos imbéciles acomodados y sus rémoras, que sólo velan por sus intereses...
Me lleva. Y luego dicen que uno es pesimista por puro gusto. ¿Saben qué? Creo que sí hace falta otra Revolución.